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  • Foto del escritor: ValeriaSantiago
    ValeriaSantiago
  • 12 jun 2018
  • 3 min de lectura

Una situación que hace que todo lo demás parezca insignificante. Un tema incomprensible para una niña.


...Sí, ella (ni siquiera recuerdo su nombre), una niña de apenas 8 años, de piel tan blanca como la espuma, peliroja, toda pecosa de ojos color miel que vestía una falda de mezclilla y una blusa con cuello de mariposa, medias blancas y zapatos rojos de charol. Tan perfecta que me daba náuseas.

Jugaba con nosotros pero no le gustaba ensuciarse y entonces noté que él y los otros la miraban y cada vez que ella no quería hacer algo cambiábamos de juego. Así que adiós a los espías, a las luchas entre superhéroes, a rodarnos por la rampa, a las atrapadas, incluso a las escondidas porque si ella se ensuciaba, la que se nos armaba. Mi mamá, que era la mujer más paciente y amorosa del mundo, llegó a regañarme tres veces que porque esa niña me había acusado de que le ensucié sus zapatos. Aunque eso no dolía tanto como el ver que Luis Alonso le limpiaba sus manos con sus manguitas si ella se lo pedía, o como esa vez cuando se cayó mientras jugábamos a ver quién saltaba más alto, Luis Alonso corrió enseguida a levantarla y le revisaba sus rodillas para ver si no se había raspado, etc, etc. Así fue como me di cuenta de que él no me veía como una niña y supongo que a mi no me importaba hasta que la conocí a ella. Si yo me caía él me llamaba boba y seguía corriendo y bueno, yo sólo me sacudía y continuaba, no era para tanto. Si me ensuciaba, era normal supongo, si yo no quería hacer algo me llamaban aguafiestas y aún así cambiaban de juego. Al principio no me di cuenta por lo que no me molestaban ninguna de esas cosas pero desde que ella llegó comencé a sentir algo que no había sentido antes y que debo agregar, no me gustaba sentirlo, ahora sé que se le llama envidia. Y entonces luego de sentir eso me preguntaba ¿qué culpa tenía ella? Realmente ninguna y además yo tenía doce años, ¿cómo decirle algo? E inconscientemente comencé a molestarme, tal vez el error fue que no fue ella la que recibió el maltrato sino él, mi querido Luis Alonso.

A partir de entonces si él se caía en las carreritas, era porque yo lo empujaba, si se ensuciaba era porque yo le tiraba el refresco, por decir algo, si no se atrevía a hacer algo era la primera en llamarlo gallina.

Y como puede suponerse luego de todo eso, una rivalidad comenzó a surgir entre nosotros y de pronto nos empezamos a llevar muy mal al grado que ya ni siquiera podíamos vernos sin pelearnos. Hacíamos competencias de todo y nos peleábamos por todo. Del odio al amor hay un paso, alguien dijo una vez, supongo que es lo mismo si lo ponemos al revés, del amor al odio… De pronto, no soportaba verlo aunque ahora entiendo que eran celos. Me molestaba verlo ponerle esos ojos de borrego a medio morir a ella, me enojaba que le sonriera, que se riera con ella, que intentara tomarla de la mano. Llegó un punto en que no fui capaz de verlos así por más tiempo y entonces rogué a mamá que me dejara quedarme en casa cada domingo, pero no me dejaba: “tenía que ir a misa”. Y así pasaron muchos domingos en los que intentaba no mirarlos. De suerte que mi hermana mayor me había regalado un libro en mi cumpleaños, en realidad, ya me había regalado muchos pero no les prestaba atención hasta entonces, cuando de pronto fue lo único que encontré que me apartara de ellos (Si quieres convertirte en un ávido lector, ya sabes qué hacer, jaja). Recuerdo muy bien el nombre del libro que se convirtió en un parte-aguas entre él y yo, se llamaba: La vuelta al mundo en ochenta días, incluso recuerdo el nombre del autor, Julio Verne. Y por extraño que parezca, ahora se volvió en uno de mis libros favoritos.

Pasaron cinco libros antes de que esa etapa de mi vida terminara aunque por desgracia fue por algo que jamás hubiera deseado que sucediera…

 
 
 
  • Foto del escritor: ValeriaSantiago
    ValeriaSantiago
  • 11 jun 2018
  • 1 min de lectura

Para mí.


Es una lucha constante la que tengo yo cada mañana al mirarme frente al espejo. Días en los que de pronto me siento bien, otros en los que, incluso, me siento la mujer más bella, algunos días donde veo plenitud en mi rostro, otros donde se desborda tristeza y llanto, algunos más de confusión y quebranto, otros de desdicha y muchos más donde simplemente quieres recostarte y relajarte porque te da vueltas la cabeza.

Agradezco cada vez que tengo tiempo para mí, y reconozco que eso no sería posible si yo no buscara tener ese tiempo. Aunque no puedo asegurar que ese tiempo siempre sea efectivo pues gran parte del tiempo me la paso entreteniéndome con algo a pesar de sentir muy dentro de mi que debería estar en calma, no lo sé, pienso que sólo así podré escuchar la voz en mi interior... Has escuchado hablar de la intuición? Es a ella a la que me refiero. Siento como si al distraerme me voy alejando de ella, como si estuviera evitándola... a veces a propósito pues nunca estaré segura de lo que escucharé, o tal vez si tengo una idea de lo que podría decirme y no me siento preparada para dar el siguiente paso. Pero bueno, seguiré interpretando hasta que mi voluntad se fortalezca y entonces pueda seguir a mi voz interior. Me esforzaré para que eso no ocurra después de un largo tiempo... y para ser sincera, creo que cada vez me siento un poco más preparada para escuchar.

 
 
 
  • Foto del escritor: ValeriaSantiago
    ValeriaSantiago
  • 6 jun 2018
  • 3 min de lectura

Cuando el primer amor surge, no nos queda más que recordar... La historia de amor de una joven que pretende haber olvidado y que sigue sin comprender que sigue enamorada.

Sucedió así, en otro momento yo lo habría llamado destino, ahora creo que fue mala suerte, y es que ni él ni yo éramos compatibles, para nada. No es necesario dar detalles, ya se darán cuenta conforme vayamos avanzando en la historia.

Nos conocimos por casualidad un trece de febrero del año 2009, una fecha nada especial, ni siquiera era todavía el día del amor y la amistad. Su madre y la mía asistían al coro que tocaba la misa de las 10:00 am los domingos, aunque ese día no era domingo, pero como si fuese un club social o algo por el estilo, el coro hacía pequeñas fiestas en el salón contiguo de la parroquia cada vez que hubiera algo que celebrar. Ese día, claro, celebraban el día del amor y la amistad, por adelantado, y los cumpleaños de dos integrantes del coro, entre ellos el de su mamá. Yo iba a todas esas celebraciones, razón por la cual me sorprendió verlo ahí, era la primera vez que su madre lo llevaba y supongo, por su rostro desbordante de desaprobación y total aburrimiento, que fue a la fuerza como favor a su madre, quien ese día, como dije, cumplía años.

Un niño de diez años, de nombre Luis Alonso, delgado, con un corte de cabello muy parecido al de un hongo, de piel clara como la leche y ojos en forma de almendra color, válgame la redundancia, almendra; mejillas rosadas y de rostro entre ovalado y redondo. Vestía un short formal, camisa blanca, tirantes negros y tenis blancos, los más blancos que yo haya visto hasta ese momento (demasiado limpios para un niño de diez años). De rostro amable y tierno aunque con una actitud algo arrogante. Ese día, creo que me enamoré de quien parecía ser un ángel, y tal como lo he dicho, lo parecía, hasta que lo conocí.

No habían pasado ni cinco minutos y ya le estaba haciendo berrinche a su mamá para que se fueran, a lo que su mamá respondió con un tranquilo “Pero si acabamos de llegar, ¿por qué no juegas con los otros niños?” A lo que enseguida le siguió un rotundo: “¡No!” por parte de él, acompañado de una ceja fruncida (la ceja fruncida más tierna que he visto jamás). Entonces su mamá lo ignoró por un momento hasta que él comenzó a jalar de su saco y ahora sí que lo regañarían con severidad por lo que intervine -Algo, debo decir, imposible de creer de mi parte, pues si a esta edad me encontrara de nuevo con que el amor de mi vida estuviera a punto de ser regañado por su madre, no pienso que sería tan atrevida-. Le tomé de la mano y le dije a su mamá, cabe agregar, con mucha seguridad: “No se preocupe, señora, yo lo llevaré a jugar con los otros niños” a lo que ella sonrió, bastante sorprendida. Y caminé con él, tomándolo con fuerza pues se esmeraba en que lo soltara, y lo obligué a jugar conmigo y con los otros niños, aunque más conmigo.

Para mi fortuna, no hubo que obligarlo más después de los veinte minutos, cuando comenzó en serio a divertirse. De alguna forma, su presencia había sido para mi como magia que había logrado que cualquier juego fuera el mejor y el más divertido de todos los juegos.

A partir de ese día comencé a ir todos los domingos a la iglesia esperando poder verlo (quiero decir, de por sí iba todos los domingos pero esta vez iba con todas las ganas de ir, al grado que comencé a darme cuenta de la impuntualidad de mamá y eso me molestaba un poco, jaja), aunque para mi desdicha infantil no fue los primeros dos domingos por lo que casi me rendía de verlo al siguiente, pero sorprendentemente apareció.

Los adultos cantaban y los niños nos íbamos a la terraza que estaba a un costado del coro y jugábamos durante una hora, hora y media, que duraba la misa y las despedidas de los adultos. Todo iba bien... entre él, Marcos, Mariana, Sergio, José, Rodrigo y yo, inventábamos los mejores juegos, llenos de aventuras, un poco salvajes y bastante ruidosos, jaja. Fue hermoso aunque sólo duró otros tres domingos más, al menos por mi parte, pues un mal día llegó ella y todo lo arruinó.


Fin del primer capítulo. Espero lo hayan disfrutado.

 
 
 
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